EN LA SEDE DRAGO DEL CBC, QUE CUMPLIRÁ
25 AÑOS, SE FABRICABAN LOS CHICLES ADAMS
De la menta a la mente
En el edificio ubicado en Holmberg y Roosevelt se elaboraron,
durante casi cuarenta años, los célebres chiclets
Adams. Tras el cierre de la planta, la Ciudad de Buenos aires
otorgó el predio a la UBA y desde 1985 es una de las quince
sedes donde se cursa el Ciclo Básico Común. Una
ex empleada de la compañía de golosinas y el histórico
ex director del claustro universitario brindan detalles de la
metamorfosis del inmueble.
Por Alan Levy
alevy@periodicoelbarrio.com.ar
En el edificio ubicado en Holmberg 2614 funciona desde 1985 la
sede del Ciclo Básico Común llamada Leónidas
Anastasi, popularmente conocida como “Drago” dada
su cercanía con la estación homónima del
ex Ferrocarril Mitre. Pero esto no siempre fue así: durante
casi 40 años funcionó allí la Compañía
de Chicle Adams, que mudada a Escobar tras el fallido proyecto
de la Autopista Central (AU3) cerró definitivamente sus
puertas a comienzos de este siglo.
El Barrio quiso indagar un poco más en la historia de
este lugar, que aún hoy es recordado con nostalgia por
quienes allí trabajaron o vivían alrededor de su
perímetro. Todos destacan un detalle de forma unánime:
el hipnótico e intenso aroma a menta que emanó la
planta durante décadas. La idea también fue reconstruir
el pasaje de fábrica de chicles a claustro universitario
y cómo este último se consolidó como un eslabón
importante para la comunidad de Villa Urquiza, Coghlan y zonas
aledañas.
Refrescando la mente
Tras la convocatoria lanzada por este periódico en el
número de agosto, obtuvimos el valioso testimonio de Elena
Hernández, una vecina de Villa Urquiza que trabajó
como operaria en la cadena de montaje de la fábrica de
chiclets Adams entre 1956 y 1961, año en que se retiró
para dedicarse a su familia (algo bastante habitual en aquella
época). Uno de los aspectos que más sorprende son
las palabras que utiliza para describir el espíritu y la
mística que envolvían a este ámbito laboral,
sólo comparable a la fantasía del film Charlie y
la fábrica de chocolate.
“Desde muy chica vivo a tres cuadras de la fábrica.
Siempre escuchaba hablar de que era una muy buena empresa y yo
soñaba con trabajar allí. De hecho, estuve esperando
algunos años hasta ser mayor de edad. Cuando tuve 19 años
llegó la tan ansiada oportunidad. El Gerente de la empresa
todos los días ‘caminaba la fábrica’
y nosotros lo vivíamos como una grata visita. Con los jefes
también teníamos un trato cordial y respetuoso;
dos veces al día nos preparaban un refrigerio y los salarios
eran más altos de lo que correspondía según
el convenio. La verdad es que existía la camaradería
y se trabajaba en un muy buen clima, en todos sus sentidos. ¡Trabajé
tan lindo! El trato era excelente y la gente agradable. Tengo
muy gratos recuerdos de Adams y cada tanto sueño que estoy
frente a mi máquina haciendo lo que hacía. Luego
me despierto feliz”, cuenta Elena.
Sin duda alguna, esto sintetiza la visión de toda una
época: una suerte de versión argentina del Estado
de Bienestar. Un modelo económico producto de un estadio
menos salvaje del capitalismo, donde todavía se respetaban
algunas conquistas sociales importantes, especialmente aquellas
ligadas al ámbito laboral. Pero además de estas
variantes debemos mencionar algunas otras que tienen que ver con
el trato menos mediatizado, más personal y más humano
que el que impera hoy día, donde se reducen cada vez más
las instancias de interacción real entre los empleados.
Elena trabajaba como vendedora en el Centro, pero ya venía
con planes de obtener un puesto en Adams. Más allá
de la clarísima conveniencia de trabajar cerca del hogar,
tenía el dato de muchas vecinas y amigas que trabajaban
allí que le comentaban el buen clima laboral que se vivía.
Afirma que las operarias eran todas mujeres y que los únicos
hombres eran los mecánicos y los elaboradores del chicle,
dado que tenían que desempeñar tareas que requerían
esfuerzos físicos considerables.
La ex empleada nos cuenta cómo era la vida dentro la fábrica
y también cuáles eran los productos de aquel entonces:
“El 12 de marzo de 1956, jamás lo olvidaré,
fue el día que comencé a trabajar en ese lugar soñado.
Me asignaron el puesto de maquinista de la envasadora de las cajitas
que contenían dos unidades. Además debíamos
tener el conocimiento de todas las tareas de la sección.
Yo tenía que cargar los chicles y seguirle el ritmo a la
máquina. Eran tandas de cinco paquetes de dos. Nosotros
registrábamos en planillas toda la producción. Se
hacían chicles de menta y de tutti-frutti. Luego se lanzaron
unos con sabor a guinda, pero no tuvieron mucho éxito.
Finalmente, se hacía una especie de pastillita diminuta
llamada Sen Sen, que básicamente servía para mejorar
el aliento. Trabajábamos de 9 a 12 y de 14 a 18. Muchos
se quedaban a almorzar, pero como yo vivía cerca iba a
comer a casa”.
Adiós a las golosinas
El edificio donde funcionó la fábrica de chicles
Adams data de 1942. Se trata de una estructura racionalista que
presenta claros signos art decó, figuras geométricas
y planas En la PB se ubicaban las oficinas, en el primer piso
se envasaba y en el segundo se elaboraba el producto. Tiene una
estructura de 2.800 metros cuadrados de hormigón. Mas allá
de que la construcción es sólida, no es menos cierto
que estaba pensada para una fábrica y no para una sede
universitaria. Se hicieron enormes modificaciones, entre ellas
el retiro de calderas en desuso, artefactos oxidados y la construcción
de las aulas.
Jorge Ferronato, actual director del CBC y director de la Sede
Drago durante 23 años, recuerda: “Estos eran inmensos
pabellones que se cerraron y se hicieron aulas. ¡La resolución
que nos otorgaba el edificio se firmó en octubre de 1984
y en marzo del año siguiente empezaron las clases! En muy
poco tiempo hubo que reconstruir esa vieja fábrica de chicles
y transformarla en un ámbito universitario”. El académico
considera que el inmueble fue pensado desde un paradigma de la
época: “Es típico de la década del
40, cuando la Argentina todavía podía darse el lujo
de hacer edificios de estas dimensiones para una fábrica
de chicles. Era la Argentina que Félix Luna llamó
opulenta, que todavía disponía de bienes para invertir
tanto en la actividad privada como en la pública. Este
edificio, sin dudas, está bien construido. A pesar de las
modificaciones que hicimos, conserva gran parte de sus características
originales”.
Los fantasmas de aquella factoría no se han ido del todo.
Basta escuchar lo que nos cuenta Ferronato a modo de anécdota:
“Los electricistas aún hoy nos comentan, y esto lo
he podido comprobar yo mismo, que todavía perdura el olor
a la menta de los chicles. Es algo increíble, después
de tantos años...”. Parecería que el destino
de las fábricas es convertirse en claustros universitarios.
Lo que ha ocurrido con el caso de Drago, lejos de ser una excepción,
parece ser ley en el marco de la Universidad de Buenos Aires.
Tan es así que la sede de Ciencias Sociales ubicada en
la calle Ramos Mejía era una fábrica de cigarrillos,
la de Marcelo T. de Alvear es una ex maternidad y la nueva sede
de Sociales de Constitución se trata de una ex fábrica
de galletitas. Factorías recicladas devenidas aulas. ¿Se
trata siempre de un problema presupuestario o también es
la falta de un plan integral para construir sitios nuevos y adecuados
para la educación universitaria? Jorge Ferronato nos da
una idea más amplia acerca de los motivos por los cuales,
en distintos momentos, se adquirieron y reciclaron edificios.
“La última gran innovación de la UBA ha sido
el CBC. Anteriormente lo había sido Ciudad Universitaria,
donde se construyeron los pabellones de Ciencias Exactas y Arquitectura.
Pero esto fue a fines de los 50 y principios de los 60, se plasmó
durante el gobierno del Dr. Arturo Illia. Luego vino Onganía
y todo lo conocido, empezando por la Noche de los Bastones Largos.
Ahí se frenó todo: grandes científicos se
fueron del país (uno de ellos Premio Nobel) y no volvieron
más. Con el retorno democrático volvimos a tener
problemas presupuestarios enormes: a gatas le alcanzó al
Consejo Superior para pagar los sueldos de los docentes. El tema
presupuestario corroe y erosiona. Los sueldos hoy por hoy están
bastante mejor que en otras épocas: un adjunto con dedicación
semiexclusiva cobra 3.000 pesos, lo cual no es que sea suficiente
pero hasta hace poco apenas si superaba los 800 pesos”.
Templo del saber
Ferronato nos cuenta cómo nace la sede a la par del nacimiento
del CBC. Explica que en 1984 el rector normalizador Francisco
Delich desarrolló un proyecto de ingreso directo a la Universidad
a partir de la creación del CBC. Tras convencer al ministro
de Educación Carlos Alconada y al presidente Raúl
Alfonsín surgió el proyecto del Ciclo Básico
Común como primer año para todas las carreras. Menciona
Ferronato los objetivos del CBC: “Uno tiene que ver con
la eliminación de los exámenes de ingreso. Hasta
ese entonces, accedía un 20 por ciento de aquellos que
se presentaban. Eran exámenes muy arbitrarios y el alumno
un desconocido. El segundo es que los alumnos puedan empezar a
hacer vida de ciudadano universitario. Dentro de ese esquema,
es central la posibilidad de cambiar de carrera si lo desean:
el 28 por ciento de los alumnos cambia de carrera en ese momento.
El tercero es la nivelación: los resultados de la Ley Federal
de Educación, dictadas durante el gobierno de Carlos Menem,
fueron nefastos. Hasta hace muy poco observábamos con estupor
que los alumnos de los últimos años del secundario
venían a la universidad con un grado elevado de analfabetismo”.
Lo primero que hace nuestro entrevistado es contextualizar el
momento en que la UBA adquirió el edificio. El traslado
de la Compañía de Chicle Adams se dio a partir de
un faraónico proyecto de fines de la década del
70, no concretado: el plan de autopistas de la Ciudad de Buenos
Aires. De las ocho autopistas previstas solamente se concretaron
la Perito Moreno y la 25 de Mayo, inauguradas el 6 de diciembre
de 1980, cuyo costo de 730 millones de dólares fue financiado
con la deuda externa avalada por el Tesoro Nacional. El ex director
de la sede puntualiza: “Durante la última dictadura
militar el intendente era el brigadier Osvaldo Cacciatore. A él
se le ocurrió hacer entre Saavedra, Coghlan y Belgrano
R la famosa Autopista 3. En realidad fue un proyecto alocado porque
exigió la expropiación de miles de propiedades.
Muchas se demolieron pero, como luego no se hizo la obra, otras
fueron usurpadas por vecinos que no tenían vivienda. Uno
de estos edificios, propiedad de la Municipalidad, fue cedido
en forma permanente a la Universidad de Buenos Aires”.
La metamorfosis que atravesó el edificio marcó,
sin duda alguna, el fin de la era más oscura de la historia
argentina y acompañó el despertar de la sociedad
civil. La democracia volvía con un aire esperanzador, donde
emergían la actividad artística y el debate de ideas.
-Imaginamos que el CBC y la Sede Drago han acompañado
el proceso de recuperación de la democracia...
-Por supuesto. Luego de siete años de dictadura, la democracia
fue vivida por la sociedad argentina con mucha alegría
y compromiso. La Universidad de Buenos Aires no fue ajena: dentro
del CBC se dio este clima de libertad, de debate, de análisis,
de mirada crítica, de nuevas teorías. Se vivió
con mucha fuerza. Hubo camadas de alumnos que salieron de esta
ex fábrica de chicles y que ahora cumplen roles importantísimos.
El actual Secretario General de la UBA, el Dr. Carlos Mas Vélez,
fue alumno de Drago y además es vecino del barrio. El secretario
académico de la Facultad de Derecho, Gonzalo Alvarez, fue
alumno nuestro también. Sin ir más lejos, en 1985
abrimos esta sede con el actual senador nacional Daniel Filmus,
que es profesor titular de Sociología y sigue dando clases.
Con él y un grupo considerable de docentes armamos un grupo
que se preocupó por implementar distintas técnicas
para que los jóvenes pudieran sortear mejor la enorme brecha
existente entre la escuela media y la Universidad. En Drago juntábamos
en un foro a docentes de escuelas medias y universitarios. Fueron
diez jornadas durante diez años consecutivos, un congreso
donde se hicieron talleres interdisciplinarios con el fin de analizar
la problemática del pasaje de la escuela a la Universidad.
En muchas oportunidades los alumnos participaron: ha sido un éxito
total. En este marco incluso brindó una conferencia Ernesto
Sabato. También por estas aulas pasaron Natalio Botana,
Félix Luna y Clorindo Testa, entre otros. Trajimos gente
de primer nivel para que nos iluminara y nos mostrara el camino.
También se hicieron actividades relacionadas con el plan
Cultura para todos. Por suerte, nunca hubo problemas con el Gobierno
de la Ciudad de Buenos Aires. Siempre existió una muy buena
relación, especialmente con las áreas educativa
y cultural.
-¿Cómo se ha desarrollado la militancia política
en la sede de Drago?
-Es una pregunta interesante. Las primeras camadas de jóvenes
tenían una gran impronta libertaria y romántica,
utópica. Entre 1986 y 1987 hubo una fuertísima impronta
del Partido Intransigente. Realmente fue importante, se notaba
su presencia. Pero desapareció de un día para otro.
Sí hubo un muy fuerte crecimiento en los 90 de las izquierdas
más duras, por ejemplo el MST de Vilma Ripoll o el Partido
Obrero de Jorge Altamira. El peronismo no tuvo prácticamente
presencia en la UBA y los radicales están divididos en
distintos grupos. Franja Morada dejó de existir, al menos
en el CBC, hace unos cinco años. La mayor fuerza política
actual es el Partido Obrero. Hoy no son tan utópicos, son
más pragmáticos. No hay grandes proyectos sino que
se persiguen cosas puntuales, más bien gremiales.
Le consultamos a Ferronato por qué considera que se ha
cuestionado tanto al CBC y si ha cumplido con sus objetivos. Muy
seriamente afirma que es lógico que haya sido cuestionado,
especialmente durante el menemismo. “Uno veía títulos
catástrofe que decían ‘Se acabó el
CBC’, pero el Ministro de Educación era dueño
de una universidad privada. El Ciclo Básico Común
contaba con 100.000 alumnos, potenciales alumnos privados. En
el intento de erosionar a este sistema hay un interés clarísimo
de carácter corporativo. El CBC ha cumplido más
que suficientemente sus objetivos. Por sus aulas han pasado más
de dos millones de alumnos. Muchos de ellos continuaron con sus
estudios, otros no. Pero las dos, tres, cuatro o cinco materias
que cursaron acá les sirvieron para aprender. Si uno tiene
incorporadas seis materias de la UBA tiene mejores conocimientos
y perspectivas que aquellos que no las tienen”, define Ferronato.
Relación con la comunidad
El Director del Ciclo Básico Común habla con mucho
cariño de Coghlan y destaca una serie de particularidades
que tienen que ver con su mística y su dinámica:
“En principio, es un barrio muy lindo. Como dijimos antes,
hay un grupo importante de vecinos que ocupó las viviendas.
Toda esta gente se ha comunicado con nosotros de diversas maneras
y ha participado de distintas actividades. Muchos de estos chicos
han venido a estudiar a Drago. Sin ir más lejos, la Asamblea
de Coghlan se reúne acá dos veces al año.
Hacen conferencias barriales y económicas: están
especializados en ese tema. Nos piden aulas y traen economistas.
Drago también se ha convertido en referente barrial en
el sentido de que, al albergar cerca de 10.000 alumnos, han nacido
un sinnúmero de comercios, bares y kioscos en la órbita
de la facultad. Este es un barrio más bien cerrado. Está
ubicado en medio de dos vías que se cruzan de forma longitudinal.
Esta sede le cambió un poco la filosofía a la zona
porque le metió diez mil alumnos que van, vienen y le dan
dinamismo”.
El ex director de la sede -en la actualidad está al frente
Silvia Lorena Rodríguez- menciona una serie de ventajas
relativas del claustro académico. Destaca especialmente
su ubicación: “No es lo mismo -y esto lo lamento,
pero es así- una facultad ubicada en Coghlan, Villa Urquiza
o Saavedra que una sede que recibe chicos de Villa Soldati o Pompeya.
Nosotros tenemos un porcentaje de retención y aprobación
mayor que el resto de las sedes de la UBA. No significa que sea
sólo por los colegios de procedencia, pero tiene influencia.
Drago cuenta con la ventaja de estar en un barrio tranquilo, sin
grandes conflictos como podría haber en otros lados: no
hay ruidos ni caos vehicular. Las clases se desarrollan en un
clima diferente del hacinamiento que podría haber en otras
sedes”.
Otras de las cualidades de Drago tiene que ver con el aprovechamiento
de sus espacios, que están en perfectas condiciones; una
excepción en el marco de la UBA. Ferronato amplía:
“La Sede Leónidas Anastasi tiene un laboratorio hermoso,
que está impecable, y una biblioteca muy importante al
servicio de la comunidad. Para 2010 pretendemos construir cinco
aulas, dos de ellas especialmente orientadas a lo multimedia.
Queremos pasar de 8.800 a 10.800 alumnos”.
De fábrica de chicle a templo del saber, el viejo edificio
de Adams ha dejado una huella y un aroma indelebles en la comunidad
barrial.
Pinchada por la globalización
Adams fue una de las empresas más tradicionales del sector
de golosinas en todo el planeta. Su fundador, Thomas Adams, popularizó
el chicle a fines del siglo diecinueve. En febrero de 1871, este
fotógrafo e inventor estadounidense vendió los primeros
Chiclets en el Estado de Nueva Jersey.
A fines de 2000, Adams dejó de fabricar golosinas en la
Argentina, donde operaba desde el 29 de noviembre 1937. Hasta
fines de la década del 70 lo hizo en el edificio de Holmberg
y Franklin Roosevelt, Villa Urquiza, cuando se mudó a Escobar.
Tras la decisión de cerrar esa planta, pasó a importar
todos sus productos. En 1999, Warner Lambert -la compañía
dueña de Adams a nivel mundial y la principal productora
de chicles- decidió cerrar algunas plantas para concentrar
la producción “en los centros de mayor desarrollo
tecnológico”.
Los Chiclets, producto insignia de la compañía,
ya no se fabricaban aquí desde 1997. A fines de 2002 el
gigante británico de los chocolates y de los refrescos
Cadbury acordó la compra de Adams por 4.200 millones de
dólares.