Portal de Parque Chas: "estamos haciendo historia"
Buenos Aires, Argentina /
Fecha de Publicación:27/12/10  

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LIBROS

Buenos Aires, misteriosa y mítica


Laura Linares y Hugo Caligaris ofrecen en el libro "Buenos Aires. Dos mil calles y un gato" un recorte arbitrario de la ciudad, donde sobrevuelan los barrios de siempre a la luz de una mirada inquisitiva que trata de hacer visible la historia, las anécdotas y lo intangible de cada lugar.

"Desde lo más pequeño se puede llegar a percibir el todo, partimos de esa premisa y fuimos recorriendo barrios, preguntándonos acerca de los que nos producía curiosidad", cuenta Linares en una entrevista con Télam.
Los autores comenzaron el itinerario por un barrio, Parque Chas, que tiene una característica especial, con un formato diferente a la habitual cuadratura de trazado de las calles porteñas. Una visita en la que se mezclan los datos históricos, con la literatura y la vida de todos los días.

Un barrio que se estira como un chicle es Palermo, "una ameba imparable", define Linares, quien lo atribuye a una picardía inmobiliaria para llamar la atención sobre los sitios aledaños.

"El ombligo de Buenos Aires no tiene ni árboles ni ruiseñores", apuntan los autores de este libro recién publicado por Edhasa, aunque detallan: "La plazoleta ombligo se llama Cortázar y está en la calle Borges".
A partir de esta constatación, recuerdan que Borges dice en su "Fundación mítica de Buenos Aires" que el Big Bang estalló unas cuadras más al norte. "Siempre se filtra lo imaginario. Está lo material en que todos quieran ser Palermo, pero también el mito".

Así es como proliferaron Palermo Viejo, Nuevo, Soho, Chico, Botánico, Las Cañitas, Coppola, entre otros barrios.
La calle Defensa fue la primera calle de la ciudad: "Se vincula el origen de la ciudad con el centro, histórica y geográficamente. Ahí es donde pusieron el poste de inauguración los españoles con el acta de fundación".
El espacio que se cuenta adquiere densidad, a través de notas históricas, apuntes cotidianos, "porque es como decían las abuelas: `una cosa lleva a la otra` y todas juntas coexisten, aunque no sea una cuestión sincrónica sino anacrónica".

"En realidad el pasado, el presente imaginario y la realidad siempre están en un mismo punto a la vez", considera Linares.

Cualquier cosa, mirada con detenimiento, te muestra un mundo desconocido, así sea el propio jardín de tu casa", opina sobre aquello que se oculta en lo cotidiano.
"Sí uno se acerca sin preconceptos, el descubrimiento está ahí, muchas cosas te sorprenden. Tal vez Puerto Madero tan nuevo, tiene poca anécdota incluida, y por más que tiene toda una construcción importante, le falta clima, los árboles todavía no crecieron. Es lo más desnudo", interpreta Linares.

La calle Corrientes tuvo desde el principio datos de interés, "terminó siendo una calle muy sabrosa. Antes del Obelisco, había un circo que atraía a mucha gente que está incluso en la literatura y en la historia de la ciudad".
En el capítulo "Buenos Aires en flor" aparecen agrupados los barrios de Flores, Floresta, Florida y Floralis (Genérica), ese monumento regalado por el artista Eduardo Catalano con mantenimiento incluido en el peor momento del 2001, cuando parecía que todo se desmoronaba. "Pero si uno se pone a pensar qué mejor oportunidad para que una flor salga del desierto", reflexiona la autora.

"Al que viene de afuera -o para cualquier porteño si presta atención- es una ciudad preciosa, sobre todo en noviembre, cuando los jacarandaes están todos florecidos, los palos borrachos en la 9 de Julio, Libertador o la Costanera, son extraordinarios con esas flores que parecen orquídeas y florecen dos veces al año", pondera.
Una idea esbozada en el libro es que la llanura bonaerense aparece agazapada en algunos barrios -alrededores de la Facultad de Agronomía o el barrio de Mataderos-, más allá del crecimiento desmedido de Buenos Aires: "Algo muy peculiar en una ciudad tan vasta, que es difícil ponerle límites".

Con el caudal de inmigración tan grande "para hacer rendir los terrenos se los vendió muy grandes y muchos frentes. Ahora que la ciudad es tan tremenda esos pasajes tienen una gracia muy especial", dice en relación a sitios tan distintos como el pasaje de La Piedad, el del edificio Barolo u otros que bordean las vías del ferrocarril.

Otra calle que se recorta del conjunto es Avenida de Mayo, "que se abrió entre la Casa de Gobierno y el Congreso con la intención de mostrar poder y progreso económico. Por eso tiene ese trazado, que políticamente era una metáfora, vincular el Congreso y el Poder Ejecutivo y también los edificios construidos debían ser importantes".
Y desde otra perspectiva, se delinea Boedo y sus callecitas con la nostalgia del tango.

"La ciudad tiene una carga muy fuerte de todas las épocas, y de la gente de todo el país que la fueron habitando. La gracia de Buenos Aires -nacida de la diversidad-, es ser heterogénea y con una identidad muy atomizada", concluye.

Fuente: Télam


"Gato perdido en Parque Chas"

Las calles de Buenos Aires son rectas. Al cruzarse, forman ángulos de noventa grados. Las manzanas forman cuadrados perfectos. Las avenidas corren derechas du­rante muchos kilómetros, hasta alcanzar sus límites naturales donde se pierde la vista. El campo, el río. Si uno sale a caminar por Rivadavia puede volver en diez minutos, dentro de 45 días o nunca: depende de su capacidad de giro. Alguien que va y alguien que viene chocarán indefectiblemente en un punto. Esta circunstancia dio origen a muchos matrimonios, a muchas amistades y a muchos duelos de gauchos con facones, que debido a la rectitud del camino no podían fingir que no se estaban viendo y terminaban por matarse sin motivo.

Pero hay un barrio de la ciudad donde esta ley se quiebra: Parque Chas. Parque Chas es circular. Nació así: rebelde, chúcaro. Y siempre fue bastante sospechoso, como toda excepción a la regla. Al­go irregular y secreto tiene que haber detrás de tantas curvas. En la década del 30 del siglo pasado, decían que su diseño retorcido les servía de escondite a los co­mu­­nistas. Los nombres de dos calles (La Internacional y Tré­ve­ris, que recordaba a la ciudad natal de Carlos Marx) eran tomados como prueba. A la primera de esas calles le sa­caron tarjeta obviamente roja: a modo de lección y de ejemplo, La Inter­nacional fue nacionalizada y pasada por las armas, llamándose, desde entonces, General Benjamín Victo­ri­ca, un militar que se batió contra los indios en la Conquista del Desierto y que, como premio, obtuvo la presidencia de la Corte Suprema de Justicia, cargo que desempeñó de 1888 a 1892.

Después dijeron que Parque Chas era el destino final del subte que correría por túneles construidos por Perón en su segunda presidencia para escapar de la Casa Rosada cuando la cosa se pusiera fea. Si había golpe, el General bajaría tranquilamente desde su despacho, subiría al subte secreto y llegaría a Parque Chas, don­de se perdería para siempre.

Muchos años más tarde, durante la dictadura militar, el brigadier Osvaldo Caccia­to­re le sacó al barrio su condición de barrio y lo redujo a simple suburbio de Agrono­mía. Téc­ni­ca­mente, se podría decir que Parque Chas fue degradado como castigo por sus tantas vueltas.

Pasaron muchos, muchos años, antes de que recobrara su independencia. Recién en 2005, el 6 de septiembre de 2005, le devolvieron los ga­lo­nes, sumándole como de­sa­­­­gra­vio algunas cuadras que hasta ese momento habían per­tenecido a Agro­no­mía y a Vi­lla Urquiza, cuyas autoridades y magistrados cerraron la boca, tal vez por mie­do, tal vez por culpa, tal vez porque prefirieron no meterse en honduras.

Cuando fuimos a reconocer la zona (una mañana cla­ra, por las dudas), en la esquina de Triunvirato y Gándara un policía nos advirtió: "¡Ten­gan cuidado, están entrando en la zona peligrosa!". No por los robos, sino por la posibilidad firme de que, una vez adentro, nunca pu­diéramos en­contrar la sa­li­­da. Lo dijo como quien cuen­ta una le­yen­da, o el fi­nal de una no­vela de Ste­phen King. Lo dijo con cierto placer oculto de­trás de la fachada del buen servidor público. "Yo tuve que sacar a muchos como us­te­des de ahí adentro", agregó, mitad burlón, mitad siniestro, mientras seguíamos nuestro camino.

Pero nuestra temeridad no llegaba al grado de la locura. No habíamos dejado nada librado al azar. Ibamos muy bien equipados, cada uno con un plano en la mano y otro en el bolsillo por si se perdía el primero, una botella grande de agua mineral y unas barras compactas de sésamo, algo insípidas, pero suficientes para asegurarnos un tiempo ra­zo­nable de subsistencia.

Al ingresar en aquel triángulo de las Bermudas por la calle Gándara, vimos al mismo vendedor de ajos con el que nos cruzaríamos tantas veces después a cada vuelta del camino. Al principio temimos que pensara que lo veníamos siguiendo. Des­pués nos dimos cuenta de que era al revés. Al grito de "¡Hay ajos colorados!", el que nos seguía era él. Disi­mu­ladamente barría las semillas que dejábamos caer de la barrita de cereal a nuestro paso como pista para salir del laberinto. Un comando en jefe del Parque debía de pagarle el sueldo para que desorientara a la gente, porque ajos no vendía ninguno.

Viendo que sería inútil, eliminamos la estrategia de Han­sel y Gretel y saludamos con una inclinación de cabeza al agente especial. El vendedor de ajos cambió de dirección, pero seguía pendiente de nuestros movimientos: nos dábamos cuenta por el olor.

También vimos un gato en un balcón, pero al mirar de nuevo el gato había desaparecido.

¿A qué se debe la traza circular de este parque que en realidad no es parque? ¿A quién se le ocurrió dibujar esta cinta de Moebius aquí, en este extremo del mapa porteño? Porque era casi el campo este lugar cuando su dueño, el doctor Vi­cen­te Chas, decidió urbanizarlo y lotearlo, después de haber li­bra­do una in­ten­sa lucha contra la chimenea de la solitaria fábri­ca de ladrillos que espantaba con su humo a los ya de por sí arrojados pioneros. El loteo lo hizo la Ofi­ci­na de Tie­rras GGG, nombre que demostraba la inclinación que Gerónimo Gro­sso Gia­­chino, dueño de la entidad, tenía por los aspectos cómicos de la vida. Su broma ma­yor fue encargarles a los in­ge­­­nieros Adolfo Gue­rrico y Ar­mando Frehner el diseño de un barrio que fuera un per­dedero.

En ese laberinto, el mun­do es un pañuelo. Si uno se guía por los nombres de las ca­lles puede viajar de Mar­se­lla a Londres, de Liverpool a Var­so­via y Atenas, de Nápo­les a Ham­burgo. Estocolmo nos lle­va de la esquina -muy natural- con Oslo hasta la ca­lle Praga. Ense­gui­da, Esto­col­mo se convierte en Belgrado. Por no ser menos, Cádiz se convierte en Ate­nas. Tres calles paralelas empiezan con la sílaba "bu": Bu­carest, Budapest y Burela, otro militar infiltrado en el microcosmos de Parque Chas. Entre Hamburgo y Du­blín no hay canales ni océanos. Varsovia tiene menos de cien metros. Aunque se extiende al máximo, La Haya no consigue llegar hasta Marsella. Y en el medio de todo está Berlín, que se encuentra varias veces consigo misma, como Alicia mi­rán­dose al espejo.

Es Europa encerrada entre cuatro avenidas bien latinoamericanas: La Pampa, de los Constituyentes, Triunvirato y de los Incas, y otra que les ha­ce frente a los ingleses, Com­­ba­tientes de las Mal­vi­nas. Pero en las avenidas hay un ruido salvaje, y en la pe­que­ña Eu­ropa de Parque Chas reinan el sol, las casitas muy bajas y el silencio. Los dueños de esa paz, la paz de Par­que Chas, no tienen que hacer nada para evitar que los invadan los automovilistas, los colectivos, los inmigrantes y los curiosos, excepto alimentar la leyenda: se perderán, es mejor que no vengan. Hasta aquí llego, susurran los taxistas. Dis­cúl­pe­me, si me meto, me pierdo.

Los escritores ayudaron bastante a que los vecinos de Par­­que Chas se mantuvieran feliz­mente aislados del ruido atronador de la ciudad. Ale­jandro Dolina, por ejemplo, escribió: "Existe en el barrio de Parque Chas una manzana acotada por las calles Berna, Marsella, La Haya y Ginebra. No es posible dar la vuelta a esa manzana. Si alguien lo intenta, aparece en cualquier otro lugar del barrio, por más que haya observado el método riguroso de girar siempre a la izquierda o siempre a la derecha. Mu­chos investigadores han intentado la experiencia formando grupos numerosos. Los resultados han sido desalentadores. A veces sucede que el paseante sigue en la misma calle aun después de doblar una esquina. En 1957, un grupo de exploradores franceses desembocó inexplicablemente en la estación de Villa Urquiza. Urbanistas catalanes probaron suerte formando dos equipos y partiendo cada uno en dirección opuesta..."

En todo lo que dice hay algo verdadero y algo falso. Esta es la prueba de que Dolina trató también de espantar a eventuales intrusos: Berna, Marsella, La Haya y Ginebra o bien son paralelas no consecutivas o bien no quedan cerca, y en ningún caso llegan a redondear lo que técnicamente puede llamarse una manzana.

Tomás Eloy Martínez agranda el mito en El cantor de tangos: "Una vez más me perdí en el enredo de las calles, pero esa mañana lo hice a propósito, para que el tiempo se me fuera yendo en encontrar una salida. Seguía la curva de la calle Londres y sin saber cómo ya estaba en la dear dirty Dublin de Jimmy Joy, sí, o el camión retozaba por el Tier­garten rumbo al Muro de Berlín, saludando a los vecinos que se mostraban siempre indiferentes, porque ya estaban acostumbrados a que los vehículos se desconcertaran en Parque Chas y fueran abandonados por los choferes".

Claro que en la Berlín de Parque Chas no hay nada parecido al jardín zoológico berlinés, ni a la Puerta de Brandenburgo, y que ningún chofer dejaría jamás el auto abandonado en Parque Chas, porque jamás volvería a encontrarlo. Pero todo recurso sirve para que los extranjeros de la gran ciudad se mantengan a prudente distancia de su ombligo.

Sin embargo, hay mañana después de una excursión a Parque Chas. Nosotros somos la prueba. Cuando está allí, uno respira un microclima extraño, ve que pasa algo raro, nota que el tiempo transcurre de otro modo, se pregunta qué hace en el centro del laberinto esa fuente horrorosa que después no resulta tan fea y que al final parece darle al barrio cierto extraño equilibrio. Pero puede volver, si procede con método. Si uno actúa de modo racional, con sangre fría, midiendo cada paso y actuando con calculada precisión, saldrá del paso. Por las dudas, llevar un amuleto (un diente de león, una pata de rana) ayuda.

El que sí se ha perdido es el gato. Ramón, se llama. Hace varias semanas que falta del hogar, y lo siguen buscando todavía. Pegan carteles con su foto. Ofrecen recompensa. Es negro, puro gato, sin sangre refinada, pero de todas formas lo extrañan en su casa. Circula el rumor de que lo vieron por Moscú y corren hasta allí, pero no está. Ahora dicen que lo vieron en Nápoles, oyendo canzonettas. Uno le ve la cola, otro el hocico, pero puesto que el escenario es tan sinuoso nunca aparece entero. Que haya cruzado el mar Me­di­te­rrá­­neo es muy difícil. Más probable es que esté dando vueltas por Parque Chas, detrás de una Ramona perdida. ¿Tendrá hambre? Por las dudas, le dejamos en la esquina de Bauness y Bauness los restos de las barritas de cereal y una foto del dueño. Cuando nos vamos, nos parece escuchar un maullido.

(Publicado en la Revista La Nación el 14 de noviembre de 2010)








 


 












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